James

Allá, en aquella camilla, James tuvo miedo. 

Sí; no el miedo por haber hecho algo malo, no. Era un miedo diferente, aquel que asalta cuando tienes un compromiso y estás seguro que no llegarás a tiempo, miedo de quedar mal; de causar una mala impresión o una decepción. Miedo de que algunos asuntos dejados para resolver en el último instante, queden atrás, olvidados, sin concretar, sin conversar. Por eso tenía miedo. 

Su matrimonio de 38 años pasaba nuevamente por una crisis y algunas diferencias con su hijo mayor por un tema económico, que lo mantuvieron tenso y estresado los últimos días, salieron a flote en ese momento. Una semana atrás, había sido atacado por una fiebre repentina, que lo había dejado sin fuerzas y débil para encarar algunos asuntos en casa. Estaba cansado y deseaba alejarse de aquella realidad agobiante.

La llamada de David, un amigo de la infancia con quien compartió muchos momentos agradables hacía ya un tiempo, había llegado como un bálsamo para toda aquella tensión. Con aquella llamada, David le conto de las últimas novedades de su matrimonio, los problemas con sus hijos, actualizó parte de la información de los amigos en común que ninguno frecuentaba hacía ya un tiempo y finalmente decidieron encontrarse dos días más tarde en un Starbucks, el preferido de ambos, para ponerse al día.

Puntuales a la cita, los viejos amigos se dieron un caluroso y largo abrazo, con la intensión de aliviar el peso del tiempo y la distancia que los había mantenido separados este tiempo, también para olvidar por unos segundos sus turbulentas vidas actuales. Aún de pie, ambos se observaron y detallaron; el tiempo había marcado sus vidas: James lucia ahora una barriga prominente, una barba mal cuidada teñida de gris, mientras que David había perdido la lozanía de su piel. El único elemento que no había cambiado era el color azul cielo de sus ojos, que ahora estaban rodeados por arrugas profundas que agrietaban su piel… huellas imborrables, prueba de que la juventud se había alejado y el tiempo había hecho su parte.

Reunidos en aquel bullicioso café, recordaron sus aventuras de juventud, sus tiempos de soltería; los picnic cuando estrenaron sus familias, los primeros cumpleaños de sus hijos, los funerales de sus suegros, los aniversarios, bautizos y graduaciones. David comentó que su vida atormentada, necesitaba un descanso y había planificado tomarse un crucero trasatlántico para bajar la tensión que le agobiaba en aquellos días. En dicho viaje, atravesaría el atlántico desde el Caribe hasta Francia, luego se instalaría unos días en el continente, para regresar a casa 25 días más tarde. James, agobiado también por sus problemas personales, dijo que quería acompañarle. Sería una aventura, que sumarian a las tantas de su juventud, mejor ahora que ambos estaban retirados.

Con la confianza y la intimidad renovada de los viejos amigos, dicha aventura sería un reencuentro con sus propias raíces, un viaje de reconocimiento y una búsqueda personal para rescatar la juventud perdida, la alegría de los tiempos de libertad que fueron diluyéndose con el tedio de la rutina y el paso de los años. 

Cada uno avisó a su familia. Todos juzgaron la decisión de alocada y fuera de lugar. Pero a pesar de todas las protestas, ambos prepararon documentos y equipaje para lanzarse a la aventura solos. 

El viaje comenzó con retraso en el vuelo de salida. En el aeropuerto de Massachusetts, debieron esperar largo tiempo para embarcar, con lo que corrían el riesgo de llegar tarde al barco. La fiebre repentina regresó acompañada con una tos moderada, por lo que antes de salir, James preparó sus medicinas, recetas médicas y finalmente manidos con todo lo necesario, partieron.

Cuando llegaron al Barco, se les informo que hubo cambio en el itinerario. No pararían en Funchal, sino en Porto Santo en Madeira. David debió lidiar con los cambios en las excursiones de último minuto, siempre tan organizado, prefería planificar todo con tiempo; mientras James seguía tosiendo.

Durante los primeros días de navegación, los amigos aprovecharon para recordar antiguas aventuras; se rieron juntos a carcajadas, comieron, asistieron los shows juntos y pasaron al casino para divertirse, mientras coqueteaban con las chicas del Bar, recordando sus años mozos. David se tomó unos cocteles internacionales, James sus medicinas con agua mineral. La tos y la fiebre se negaban abandonarlo: iban y venían.

El quinto día del crucero, David despertó asustado en medio de la noche: James no paraba de toser, la fiebre seguía atacando y ahora tenía dificultad para respirar. David salió del cuarto, busco agua, medicinas y lo cuidó durante toda la noche hasta que se calmó la tos. James se negaba ir al Centro Medico. Ya pasaría aquello, era pasajero, declaró.

El día después, antes de llegar a Porto Santo, durante el día, la fiebre se calmó, la tos aminoró y ya le era más fácil respirar. David, que había pasado la noche en vela cuidando a su amigo, canceló sus planes para quedarse junto a James y cuidar su progreso. Le trajo comida, el jugo que pidió y hasta el café para evitarle mínimos esfuerzos. Varias veces se quejó que le faltaba el aire.

Esa noche otro ataque de tos, la respiración se hizo más difícil y James se quejaba de un dolor en el pecho. Preocupado, David pidió reservar vuelos de vuelta desde el próximo puerto para regresar a casa y cuidar mejor de su amigo. Los boletos fueron emitidos, las reservas confirmadas. David instaló a James en el Servicio Médico y pidió ayuda profesional.

Algo no estaba bien. El servicio médico recomendó que lo llevaran a un hospital externo para encontrar el diagnóstico preciso. Después de activadas las alarmas, el barco hizo todos los trámites para que James bajara en Porto Santo directo a un hospital, en la mañana temprano. Así fue. El plan era, salir del hospital directo al aeropuerto para regresar a casa lo más pronto posible.

Allá, en aquella camilla, James tuvo miedo. Estaba seguro que aquel plan no se cumpliría.

Mezcladas la angustia de los asuntos pendientes con la satisfacción del reencuentro con su amigo, sentía que se agotaba el tiempo. El aire, cada vez más pesado, se negaba a entrar en sus pulmones y con éste, la vida misma se le escapaba por la nariz y boca. En la emergencia fue atendido, David fue mandado al cuarto de al lado. James se aferró a la imagen de su amigo, no estaba sino él, David, quien había dejado su viaje, su sueño, su vergüenza, su pudor y orgullo de lado para acompañarlo y cuidarlo hasta el último minuto.

Los amigos están allí para eso mismo: para reír, para llorar, para darse apoyo, para dar soporte y aliento, para cuidarse, para festejar. Celebrar las victorias y llorar las derrotas, para celebrar los nacimientos y llorar las despedidas. Para darse apoyo y amor hasta que la muerte los separe y más allá. Son votos más fuertes que cualquier documento legal y existen para que, a pesar del tiempo y la distancia, sean respetados y valorados como el bien más preciado que la vida puede darnos. La amistad, definitivamente, no se acaba con la muerte.

30 minutos después de ingresado al Centro Medico en Porto Santo, una mañana fría de abril, sobre aquella camilla, con su amigo en el cuarto de al lado; junto con el aire de sus pulmones, la vida se le escapó y James dejó de existir, dejando a David devastado y con un gran peso encima: El de la amistad verdadera, que lo acompañará hasta el fin de sus días. 

En honor a James Breyare (QEPD)

Massachusetts, 25 de octubre de 1944 – Porto Santo, 5 de abril de 2016



Zadir Correa Vergara



Nota: Basado en hechos reales. El contenido de esta entrada es creación propia. Los hechos no fueron alterados, los pensamientos y el contenido personal de los personajes, sí.

Ciociaria


Pacífica, armoniosa, verde, histórica, antagónica y agreste a un tiempo; la tradición ancestral se pasea naturalmente por estas tierras que han testificado luchas milenarias y cuyos muros, calles, árboles, personas, llevan calladamente encima, el peso de la historia en cada fibra de piel, en cada ladrillo de cada casa, de cada castillo, en cada piedra, en los ríos que la recorren hace cientos de años, en cada camino… Cada árbol centenario, ha testificado el paso de millones de almas, de los más variados climas, de las más diversas formas de pensar, de actuar, de comportarse. Distintas generaciones que han dejado una huella imborrable, con todos los castillos, fortalezas, calles empedradas, estrechos callejones, iglesias hermosamente decoradas, dialectos, aromas, colores… y, por otra parte, la tan cómoda e invasora modernidad que se abre paso silenciosamente a través de la tecnología, intentando modificar costumbres y usanzas que resisten duramente a ceder ante la presión que ella ejerce, manteniéndose invariables ante aquella, que no para de llegar con sus carros del año, sus máquinas de arado ultramodernas, sus productos empaquetados al vacío y en botellas de plástico, sus productos procesados y con agroquímicos, etc. La mentalidad de sus habitantes se resiste (más en las generaciones más viejas) a cambiar, a dejar de ser quienes siempre fueron, de agregar nuevas rutinas a sus vidas ya gregarias y tranquilas. 

Recibe el nombre de Ciociaria una zona estratégicamente ubicada en la Región de Lazio, cercana de Roma, que se compone de las poblaciones vecinas al “Comune de Frosinone”, como Alatri, Ferentino, Veroli, Anagni, Calzature y poblados pequeños como Arpino, Tecchiena, Fumone, entre otros. Debe su nombre a un típico calzado utilizado en las labores del campo y por pastores de la zona conocido como “Ciocia”. De allí que “Ciociaro”, hace referencia a las personas que utilizaban este calzado (campesinos primeramente) y que en la actualidad ha sido adoptado por todos aquellos que habitan esta región para definirse a sí mismos.

Zona agrícola por excelencia, cuyas plantaciones de oliva, son reconocidas por la altísima calidad de su Aceite de Oliva Extra Virgen, que es elaborado de manera artesanal, siguiendo las costumbres y tradiciones de muchas generaciones y traídas hasta nuestros días de familia en familia. Se mantiene intacta también, la costumbre de plantar en la parte de atrás de casa, todo aquello que se consume en la mesa: Uvas para hacer su propio vino “Casareggio” (Casero), Lechugas, Berenjenas, Calabazas, Calabacín, Zanahoria, Vainitas (o judías), Cebollas, etc., frutas de todo tipo según la estación (hay 4 estaciones, obvio) y algo que no puede quedar por fuera y que representa la unión de toda la familia, cuando llega la hora de cosechar para preparar para el año completo, el tan preciado POMODORO (Tomate).

Una vez por año se cosecha y todos los miembros de la familia (y hasta los agregados) participan del festín que representa la preparación del SUGO (salsa de tomate), que tiene un complejo proceso de limpieza, preparación, cocción y finalmente embotellado. Dicho ORO ROJO, posteriormente se usa durante la época de frío y el resto del año para aderezar la tan preciada PASTA, que es marca registrada y tradición de todos los italianos. Un símbolo de la Italianidad, se podría afirmar.

Tierra esta que vio nacer emperadores y protagonista a su vez de grandes luchas sociales, batallas por la emancipación de grandes poderes e imperios que la dominaron a lo largo de su historia. La Ciociaria realmente no tiene confines definidos, ella sigue viva y se mueve en la zona de manera independiente, creciendo por algunas partes, pero manteniendo su espíritu incólume, indomable y primitivo ante todo. Paradójicamente llena de un calor humano que es inolvidable y que queda grabado en el alma de quien quiera que pise esta tierra bendita.

Las madres de casa, cuidadoras de sus críos, protectoras y celosas (un matriarcado, pues), son quienes marcan la pauta dentro de casa, manteniendo el orden, la limpieza, los horarios de comida, quienes preparan aquello que se come en cada vuelta a la mesa (sea desayuno, almuerzo o cena) y se aseguran de que todos cumplan con la tradición de comer sentados (y preferiblemente, todos juntos, mientras se asiste a la TV). Son también ellas quienes llevan el encargo de cuidar de la apropiada educación de sus hijos y de que las costumbres sigan transmitiéndose de generación en generación. Muchas veces cargadas con un peso mayor del que pueden cargar, al estar al mando de la casa, del orden y de las vidas de todos los que allí habitan.

Los padres trabajan la tierra y traen la comida a casa, básicamente. Son los encargados de velar porque en el hogar no falten alimentos y que todo funcione apropiadamente. Gracias a ellos, las tradiciones rudimentarias de arado, siembra, cosecha, se mantiene, así como la transmisión de las costumbres del campo y del trabajo rudo en casa, aunque las mujeres deben siempre velar porque todo se cumpla.  

En la CIOCIARIA, todos se conocen. Cualquier miembro nuevo o de visita es estudiado a fondo por TODOS. Es decir, se le interroga quién es, de dónde viene, qué tanto tiempo se queda, qué hace, a dónde va, qué tipo de relación tiene con los dueños de casa, por qué está por aquí, qué vino hacer por estos lados olvidados de la tierra, si cree o no en Dios (o en qué cree), quiénes son sus padres y qué hacen, si están vivos y si le han dado permiso para quedarse tanto tiempo, si se es o no casado o soltero o viudo y por qué, cuántos hijos tiene y dónde viven, etc. Son las preguntas básicas que surgen cuándo se es presentado a cualquier persona por primera vez, ya luego las preguntas son más íntimas (cuando se rompe el hielo), queda de uno responder o no a ellas.

La Ciociaria, es rica en paisajes fantásticos, muchísima historia, verdes increíbles, fortalezas, castillos, plantaciones de uva, aceituna, tomate, etc. Además llena de ese calor humano necesario para que uno se sienta en casa, bien recibido. Gente sonriente, amable, curiosa, que te abre las puertas de su casa y se sienta contigo para compartir un almuerzo o para “Fare l’aperitivo” con un buen “amaro” y su respectivo buen café.

Se puede apreciar a través de las miradas y el brillo acuoso de los ojos de quienes habitan esta tierra, la inocencia, la pureza de espíritu de las personas (muchos aquí), la falta de maldad citadina y quizás esa candidez propia de la gente acostumbrada a sus costumbres, que no mide aquello que dice porque no tiene maldad por dentro, que te observa como un estudioso de Botero observa las pinturas de gorditos propias de éste artista, buscando detalles mínimos. Esos detalles que te diferencian de él mismo, para en el fondo entender que eres de un lugar distinto y que posiblemente haya algo en ti que puedas dejarle, algo interesante que puedas transmitirle, con lo que, posteriormente, en las fiestas del pueblo, alardear entre sus amigos, mostrando su superioridad, con orgullo, al tenerte entre los suyos, siendo una joya rara traída de otro país. Algo exótico, enigmático. Es muy agradable dicha sensación.

Encanto. Es la palabra más cercana para definir lo que a nivel personal sentí al ser acogido entre mis amigos CIOCIAROS. Este universo maravillosamente generoso siempre permite que me cruce con personas llenas de luz propia, que tienen alma de gigantes y con quienes siempre logro una mágica empatía, un lazo invisible que una vez estrechado, no se desata jamás. Es por eso que dedico esta semblanza principalmente a Viviana Fernández, que no siendo original de la zona, ya está convertida en tal y es mi gran amiga del alma de muchos años, que me extendió la invitación y después a todos los grandes amigos que conocí y con quienes compartí momentos únicos de unión familiar (porque así me lo hicieron sentir): Todos los Mizzoni: Andrea, Celeste, Daniele, Cristina, Ennio y demás, familiares y agregados, como Natascia, Emiliano, los niños Emanuele y Giulia, Clarissa, Isabella, Fabíola, Pierluigi, clientes o no del Bar Firenze, como Desiré y su madre, Giorgio, Josefina, Stefano. También Sonia Soto, quien también le dio color a mi estadía allá y hasta el proveedor de la Coca Cola, Stefano. Una mención especial a quien con su saber, su carisma y su calidad humana compartió sus conocimientos locales de historia, mitos, leyendas y tradiciones de Arpino y varios “Paesini vicini”, despejando dudas como ningún otro podría haberlo hecho: Mario Mercurio.

Grazie mille a tutti!!!! Ci vediamo presto... (Mil gracias a todos, nos veremos pronto…)
Zadir Correa Vergara
Septiembre 2015

Adeuses...

O que é isso, mesmo? É um profundo sentimento de vazio, uma inundação violenta e desesperada que alaga sua alma toda vez que acontece. Este sentimento é combinado com uma sensação que rasga a pele, como a mordida de um animal selvagem, como a picada de uma cobra venenosa ... O coração bate fortemente, desesperado. Todas as células do corpo lutam energicamente para substituir a peça que lhes foi arrancada de vez e que, apesar da luta incansável, no final fica apenas uma grande crosta que vai tomar tempo em sarar, que deixa uma impressão duradoura na forma de uma cicatriz profunda, que vamos levar conosco até o último dos nossos dias.
Sim, isso é um adeus.
Durante um certo tempo são tecidos fortes laços de amizade, tudo misturado com sorrisos, lágrimas, aventuras, momentos banais que passamos juntos, realizações, fracassos, sonhos compartilhados, o riso despreocupado, assistir a um pôr do sol laranja tomando um café quentinho ou apenas aquele olhar secreto sabendo que diz muito e não esconde nada. Tudo isso surge de forma incontrolável como uma ferida recém-aberta, que nem rio caudaloso naquela hora indesejada e extremamente triste quando temos de dizer ADEUS.
Adeuses também podem ser classificados pelo grau de dor que causam no coração, existem os temporários, que deixam em aberto a possibilidade de reencontro no futuro; os circunstanciais, que não têm certeza do futuro reencontro, e os mais dolorosos, os permanentes.
Os temporários, nós temos sempre, se refere a todos aqueles que compartilharam muito mais do que um café, um sorriso ou uma lágrima; aqui entra a família, cuja ligação é muito forte para ceder à distância, entram os amigos íntimos de uma vida inteira, que tem compartilhado na infância, adolescência ou na idade adulta algum momento com você; também tem aqui aos colegas de trabalho, que começaram no trabalho e que logo tornaram-se íntimos e difíceis de manter longe da gente. Adeuses temporários, porque mesmo com a distância entre nós, temos a certeza que estarão no futuro próximo novamente perto, porque os laços que nos unem são simplesmente inquebráveis.
Os circunstanciais igualmente temos sempre, até com mais frequência do que os primeiros, porque são classificados aqui, aqueles que estão envolvidos com a gente, de alguma forma importante, deixam a sua marca em nós, mas ficam um curto período de tempo com nós: mantemos uma foto daquela saída, ou daquele viagem de férias, lembramos com saudade os risos ou aquele momento particular no tempo de nossas vidas, daquele capítulo curto de existência em que essa pessoa faz a diferença e entra no nosso mundo para muda-lo, conquistando um pedaço de coração e alma que não pode ser esquecido nem com o vilão mais cruel, como é o TEMPO. Eles são pessoas importantes que deixam marca nas nossas vidas no momento, mas pode que não os vejamos de novo no futuro.
Finalmente, existem os adeuses permanentes, aqueles que assaltam nossa vida com ou sem aviso prévio e são muito mais dolorosos por aquilo que eles representam para nós. Aqui incluímos todos aqueles seres que estiveram conosco por um período longo e significativo da vida, seja pouco ou muito tempo, e que em seguida partiram, para nunca mais voltar. A sabedoria popular, baseado no nosso dia de hoje tão perturbado, na existência diária cheia de obstáculos, com mil provas para superar todos os dias, diz que quando esses seres queridos nos deixam, "vão para uma vida melhor". Quando deixam esta etapa, são incorporados no reino celestial transfigurados em anjos da guarda, limpos, sadios, cheios de luz eterna, sempre aí como uma proteção permanente.
Incluo aqui também aos nossos animais de estimação amados, que enchem nossas vidas de alegria com um simples gesto de carinho, abanando o rabo, ​​encostando em nós, com uma lambida ou simplesmente com aquele olhar de inocência e amor puro de verdade. Eles nos acompanham fielmente até que o tempo de eles irem embora chega, deixando um vazio irreparável e doloroso no nosso coração. Eles fazem que a nossa vida rotineira e monótona seja cheia de cor, de alegria. Afastam o stress e absorvem as vibrações negativas que pegamos fora de casa quando cumprimentam e recebem a gente de forma desinteressada e sempre com carinho.
Muitas vezes, a dor de perde-los, é maior do que se podia sentir por outro ser humano que nos deixa. Dizer adeus para eles é muito difícil e a gente carrega essa dor no coração para sempre, por isso, merecem menção especial, porque uma vez que eles vão embora, nenhum outro ser pode substituí-los. Cada um tem sua própria personalidade e um jeito especial de nos impactar na vida...
Obviamente, não podemos esquecer os nossos seres queridos que partem. Pode ser esperado ou não, e a pessoa pode fazer parte da sua família, ou simplesmente é um amigo, ou um grande amor, um pai, uma mãe, os avós, filhos ou qualquer outra pessoa que nos acompanhou e com quem compartilhamos um almoço, um jantar especial, uma cama, uma vida ... ou parte dela. De qualquer forma, o adeus é permanente e muito difícil, se misturam dentro de nós várias coisas inexplicáveis​​, como a raiva, o desespero, a impotência, a dor, as lembranças felizes e a tão necessária renúncia, que sempre vem no final, como um bálsamo que alivia o peso da dor. Egoisticamente queremos que eles fiquem com a gente, quando às vezes é melhor deixar eles descansarem e aliviar o sofrimento que eles carregam em vida. Os libertamos, para assim, eles seguirem o seu caminho de ascensão, para que encontrem a Luz eterna, enquanto nós continuamos caminhando no nosso aqui na terra.
 
Causa muita dor dizer ADEUS, mas, o vilão e ao mesmo tempo bonzinho do TEMPO cura as feridas, as deixa fechadas, saradas e a gente fica tranquilo, satisfeito, mas nunca esquecemos. Isso nunca.
 
A todos aqueles de quem eu tenha me despedido ultimamente, gostaria de lembrar que eu estou aqui. Muitas vezes ausente por longos períodos, mas com todas as memórias vivas na minha mente, memórias que só reafirmam que eu ainda estou vivo e que ainda tenho razões para continuar por mais um dia, além de hoje.
 
Continuaram chegando novos ADEUSES, temporários, circunstanciais ou permanentes, graças a nossas escolhas feitas no caminho, mas, seja qual for o adeus (temporário, circunstancial ou permanente) sempre, no final, seja aqui ou além da morte, vamos nos encontrar, vamos nos juntar.
 
Zadir Correa Vergara
Setembro 2015

Despedidas...

Qué qué se siente? Es una sensación profunda de vacío, de desesperada y violenta soledad que te inunda el alma, cada vez que sucede. Se combina dicha sensación con un desgarro carnal, como la mordida de un animal salvaje, como la picadura de una serpiente venenosa… El corazón bate fuertemente, desesperado. Todas las células del organismo entran en una encarnizada batalla para reponer el pedazo que les ha sido arrebatado y del cual, a pesar de la lucha sin cuartel, quedará sólo una gran costra que tardará en sanar y al final dejará una gran huella indeleble en la forma de una cicatriz profunda, que llevaremos con nosotros hasta el último de nuestros días.
Sí, eso es una despedida.
Durante un tiempo determinado se van tejiendo lazos importantes de camaradería, mezclados con sonrisas, lágrimas, aventuras, momentos banales gastados juntos, logros, fracasos, sueños compartidos, risas desenfadadas, un café testificando un atardecer anaranjado o simplemente una mirada cómplice que dice mucho y oculta poco. Todo ello emerge descontroladamente como una herida recientemente abierta, cual rio caudaloso en aquella hora no deseada y súper triste en la que hay que decir ADIOS.
Las despedidas pueden clasificarse también por el grado de dolor que causan en el corazón, las hay temporales, que dejan la opción abierta del reencuentro futuro; circunstanciales, que no tienen certeza del reencuentro futuro y las más dolorosas, las definitivas.
Las temporales las tenemos siempre, refiere a todas aquellas personas que han compartido mucho más que un café, una sonrisa o una lágrima; entra la familia, cuyo vínculo es demasiado fuerte para ceder a la distancia, entran los amigos entrañables de toda la vida, que compartieron sea su infancia, su adolescencia o alguna etapa de su adultez contigo, también contamos aquí a compañeros de trabajo, que comenzaron así y que luego se transformaron en una compañía difícil de mantener lejos de uno. Despedidas temporales, porque hay distancia entre ellos y nosotros, pero en un futuro cercano estarán de nuevo cerca, porque los lazos que nos unen son sencillamente irrompibles.
Las despedidas circunstanciales también las tenemos siempre, incluso con más frecuencia que las anteriores, ya que se clasifican aquí, aquellas personas que se involucran con nosotros de alguna manera importante, dejan huella en nosotros, pero que sólo se quedan poco tiempo a nuestro lado, conservamos una foto de aquella salida, o en aquel viaje de vacaciones, recordamos con nostalgia aquellas risas o aquel momento especial puntual de nuestras vidas, de aquellos capítulos cortos de existencia en los que esa otra persona hace la diferencia y entra en nuestro mundo para cambiarlo, conquistando así una parcela de corazón y alma que no se podrá olvidar ni con el más despiadado villano, como lo es EL TIEMPO. Son personas importantes que marcan nuestra vida puntualmente, pero que quizá no volvamos a ver en el futuro.
Finalmente están las despedidas definitivas, aquellas que asaltan nuestra vida con o sin aviso y que son mucho más dolorosas por aquello que representan para nosotros. Aquí incluimos a todos aquellos seres que nos han acompañado por un período de vida importante, sea circunstancial o ampliamente y que luego han partido para nunca más volver. La sabiduría popular, basándose en la actualidad de nuestros días tan convulsionada, en la existencia llena de obstáculos, en las duras pruebas para sortear a diario, dice que cuando estos seres nos dejan, “parten para mejor vida”. Cuando deben dejar este plano, son incorporados al plano celestial transfigurados en ángeles de la guarda, en luz pura, sanadora, eterna, en protección permanente.
Incluyo aquí también a nuestras mascotas amadas, que nos llenan la vida de alegría con un simple gesto de cariño, agitando su rabo, estregándose en ti, lamiéndote o simplemente con aquella mirada cómplice cargada de inocencia y amor puro de verdad. Fielmente nos acompañan hasta que su tiempo se termina, dejando un vacío irreparable y doloroso. Hacen que nuestra vida rutinaria y monótona sea llena de color, alegría. Nos alejan el stress y las vibraciones negativas que absorbemos fuera de casa, al recibirnos cada día de manera desinteresada y siempre con cariño.  
Muchas veces, el dolor de perderlos, es más grande que el que podríamos sentir por algún otro ser humano que nos haya dejado. Despedirlos también es un luto que se carga en el corazón por siempre, por ello merecen mención especial al representar una despedida definitiva, ya que una vez que se van, no hay otro ser que los sustituya. Cada uno tiene su personalidad y una manera especial de impactar nuestras vidas…
Obviamente no podemos olvidar a nuestros seres queridos que se nos van. Puede que lo esperemos o no y pueden ser familiares, amigos, grandes amores, padres, abuelos, hijos o cualquier otra persona que nos haya acompañado y con quien compartamos un almuerzo, una cena especial, una cama, una vida… o parte de ella. Sea como sea, la despedida es definitiva y muy dura, se mezclan dentro de nosotros varias cosas inexplicables, como rabia, desespero, desamparo, dolor, recuerdos alegres y la tan necesaria resignación, que siempre llega al final, como un bálsamo que alivia el peso de la pena. Queremos egoístamente que se queden a nuestro lado, cuando a veces es mejor que se vayan a descansar y no que queden sufriendo en vida. Los liberamos para que sigan su camino de ascensión, para que se reúnan con la LUZ ETERNA, mientras nosotros seguimos el nuestro, mundano y con muchas otras pruebas que superar.
Son así de dolorosas las despedidas, incluso con el (villano y bondadoso a la vez) TIEMPO, sanamos, las heridas se cierran, cicatrizan y finalmente nos conformamos, pero no olvidamos. Eso nunca.
A todos aquellos de quienes me he despedido circunstancial o temporalmente en los últimos tiempos, les recuerdo que aquí estoy. Muchas veces ausente por largas temporadas, pero con su recuerdo vivo en mi memoria, recuerdos que sólo reafirman que sigo VIVO y que aún hay motivos para seguir adelante.
Vendrán nuevas y variadas despedidas, muchas de ellas gracias a esas elecciones que hemos hecho en nuestro camino hacia dónde queremos llegar, pero sea como sea la despedida (temporal, circunstancial o definitiva) siempre, al final, en el aquí o en el más allá, volveremos a reunirnos, volveremos a vernos.
Zadir Correa Vergara
Septiembre 2015


Corriendo


Él estaba corriendo.

Gabriel tenía la sensación de que, a pesar de estar haciendo un intento con todas sus fuerzas, no se movía, no iba a ninguna parte. Sin embargo sentía como un gélido sudor le recorría la espalda (¿estaba sin camisa?, no estaba seguro), sus pensamientos estaban divididos, confusos y mientras corría a toda velocidad para llegar a su destino (¿cuál?, tampoco estaba seguro), trataba de recordar cómo había llegado hasta allí. Giró la cabeza desesperadamente de lado a lado, pero no vio a nadie. Estaba sólo en ese camino desconocido, tratando de llegar a algún lugar...

Y seguía corriendo.
Vino a su mente su más reciente relación amorosa y recordó amargamente cómo ésta había terminado: Él decía estar enamorado y dispuesto a todo, soñaba con un matrimonio feliz, una casa grande con piscina y jardín, hijos obedientes y exitosos y hasta con un Galgo Afgano gris de hermoso pelaje para pasear por el parque vecino, pero Marcela no. Recordó con tristeza cuando ella le dijo que "necesitaba tiempo para tomar una decisión de vida como aquella, también que "todo era muy apresurado", que ella "tenía otras prioridades", que "cada cosa a su tiempo". Gabriel estaba apurado, lo quería todo y lo quería ya. No estaba dispuesto a perder tiempo, así que con un dolor que desgarró su corazón, se separó de Marcela. Afirmó con su orgullo herido que esperaría alguien que quisiera "ir a su ritmo"...

Y seguía corriendo.
Hervían los pensamientos dispersos y enredados mientras seguía en aquella carrera insana. Ahora acudieron a su mente otros temores. Él siempre un buen trabajador, entusiasta, líder, creativo, bien dedicado y detallista a la hora de ejecutar sus tareas, no se sentía conforme con lo que había alcanzado: el respeto de sus compañeros y la confianza de sus jefes. Quería más. Fantaseaba con su independencia y estabilidad personal, espiritual y sobretodo económica, a través de una "vida propia" con la que cumplir sus sueños de un hogar feliz, viajes por el mundo, lujos de todo tipo y una vida plástica y superficial como muchos de sus amigos. El mundo donde se encontraba era muy pequeño para él. Continuaba alimentando aquellas fantasías sin asidero y sin rumbo cierto, siempre pensando que "en otro lugar sería mejor"...

Y seguía corriendo.
Sus piernas le dolían, sus músculos estaban tensos y no respondían a sus órdenes. Su cuerpo todo no quería responder a su llamado de ALTO, parecía tener vida propia. Aquella carrera frenética sin sentido hacia un lugar desconocido lo desconcertaba, pero a su vez lo hacían sentirse con más vigor. Era amante de la aventura, de lugares nuevos, de amistades nuevas, de caminos nuevos, de comidas nuevas. Le llenaba de adrenalina la sorpresa, incluso el peligro inminente que pudiera esperarlo al doblar la próxima esquina o en aquel camino nunca antes recorrido...

Y seguía corriendo.
El siguiente pensamiento lo perturbó. Recordó una conversación con una amiga que lo aconsejaba. Ella le decía con voz de autoridad que las metas y objetivos que él estaba persiguiendo en su vida eran factibles, sí, pero que sólo podría alcanzar con un elemento que él desconocía totalmente y que ella le aconsejaba cultivar como una gran virtud: la Paciencia.
Aquella palabra taladraba su cabeza sin cesar. Paciencia, paciencia, paciencia. Una parte de sí quería hacer caso y lo conminaba a detenerse ya y la otra parte luchaba del lado contrario, llevándolo a toda velocidad por aquel sendero sin ninguna lógica aparente, descontrolado y sin frenos...

Y seguía corriendo.
Pensó, confuso, que estaba siendo víctima de un ataque esquizoide (¿se detenía o seguía corriendo?) Sin saber qué hacer y con una parte de su cerebro secuestrada por esa extraña sensación, sintió pánico. Quizá alguna posesión demoníaca o una entidad (con certeza maligna) había tomado control de su cuerpo y una parte de su mente estaba desesperada para reconectarlo nuevamente. Sudaba, no sólo por el esfuerzo físico, sino de nerviosismo. Sentía las gotas de sudor correr libremente por todo su cuerpo poseso, que parecía haber abierto todos sus poros para que el mismo saliera compulsivamente por todo él (¿estaba sin ropa?, no estaba seguro)...

Y seguía corriendo.
Entonces elevó sus pensamientos por encima de aquello que le ocurría y se dijo que debía detenerse. Un paralelismo con su propia vida se hizo muy claro: por ir corriendo todo el tiempo, se había perdido parte del paisaje maravilloso por el que siempre pasó. Nunca se detuvo para detallar las flores minúsculas del camino, ni las furtivas mariposas de colores que las rodeaban, ni el vuelo de los colibríes. Corría tan violentamente que se sentía ya sin fuerzas y a punto del colapso. Deseó detener aquella carrera que lo llevaba a ningún lugar, pero sus piernas no respondían a pesar de estar casi sin aliento. El sudor entraba por sus ojos, y le ardía más y más...

Y seguía corriendo.
Determinado a acabar con aquello, cerró los ojos con fuerza para dejar de ver el sendero por donde se desplazaba, por lo que tropezó y cayó pesadamente al piso. Rodó por lo que pensó era una pequeña ladera aunque le extrañó no sentir la tierra pegada al cuerpo. Pero sí sentía el sudor, incluso en los pies (¿estaba descalzo también? No estaba seguro). Estaba todo mojado, podía sentirlo, pero no abrió sus ojos.

Cuando dejó de moverse comenzó a temblar descontroladamente, una corriente de frío muy extraño lo recorrió todo, tanto que lo hizo acurrucarse. Allí en el suelo pensó, reflexionó, caviló y analizó en aquello que estaba sucediendo pero con los ojos fuertemente apretados. Se prometió en lo sucesivo ir con menos velocidad. Decidió que caminaría en lugar de correr, que pensaría antes de actuar, que disfrutaría de cada etapa del camino a la vez, observando los detalles del trayecto: las flores y sus diversos colores, el volar acompasado de las aves, los laboriosos caminitos de las hormigas cargando sus pequeñas hojas.

No había motivo para correr, pensó. El camino bien recorrido lo iba llevar a su destino tanto si corría, como si iba caminando lentamente. Además se ilusionó con la posibilidad de encontrar alguien que lo acompañase por un buen tramo. Se prometió que disfrutaría de la compañía. Si en lo sucesivo había que parar para tomar agua o para retomar el aliento, lo haría también. Con paciencia iba ser mejor y podría llegar más lejos.

Entonces, con el corazón más calmado y sereno, abrió los ojos, observó todo muy bien a su alrededor, se levantó del piso y sonrió para sí mismo. Con determinación caminó hasta la ventana, la cerró, estiró el cobertor, se acostó de nuevo en su cama y volvió a dormir.

Zadir Correa Vergara
Junio 2014